Cerámica hecha a mano, pieza por pieza
La forma que toma el tiempo
Cada pieza sale del torno con la misma arcilla roja de Teruel que usamos desde 2017. No hay dos iguales, y eso es exactamente la idea.
El origen del estudio
La primera cocción fue en noviembre de 2017. Doce tazas. Las vendí todas en tres horas.
Elena Vargas aprendió a centrar la arcilla en el sótano de su abuela en Zaragoza, con un torno de segunda mano que chirriaba si no se le ponía aceite cada media hora. Tenía diecinueve años y estudiaba arquitectura. La cerámica era, en teoría, un pasatiempo de fin de semana. Pero en el tercer año de carrera tomó un semestre en Kyoto, donde pasó cuatro meses observando a Kenji Nakamura trabajar en su taller de Higashiyama. Nakamura no hablaba mientras trabajaba. Ponía la arcilla en el torno, cerraba los ojos un momento y luego empezaba. Elena tardó tres semanas en entender que ese silencio no era ritual: era concentración pura.
En 2017, después de cinco años trabajando como arquitecta en un estudio de Barcelona, Elena dejó el trabajo un martes por la tarde, alquiló una nave en las afueras de la ciudad y encargó media tonelada de arcilla roja de Teruel. El primer mes fue un desastre controlado: la mitad de las piezas se agrietaron en el secado porque la nave no tenía la humedad adecuada. Instaló un humidificador industrial, ajustó el grosor de las paredes y volvió a empezar. La primera cocción exitosa fue en noviembre de 2017, con un horno eléctrico prestado por un amigo. Doce tazas. Las vendió todas en un mercado de diseño en tres horas.